El caballo muerto, el elefante y la navaja de Ockham en la vida corporativa

Tres metáforas para comprender por qué complicamos lo evidente y cómo recuperar la claridad

Estaba yo dando un paseo por el cauce transformado del río Turia, en Valencia, maravillado con aquel lugar clavado en medio de la ciudad. Me impresionaba pensar en la visión que tuvieron sus habilidosos paisajistas al proyectar cómo quedarían bien alineados aquellos árboles gigantes en el futuro. Ahora ya eran señores, muchos con más de sesenta años. Tal como yo, las personas que transitaban por allí disfrutaban de un alegre final de tarde otoñal, todavía muy claro.

Al mismo tiempo, reflexionaba sobre lo atascado que estaba con mis ideas para el libro que estaba escribiendo. Mientras paseaba, recordaba a mi viejo amigo escritor que decía que la fórmula más simple para contar una historia es siempre la mejor.

En este momento de la trama del libro, estaba dividido entre dos maneras de acercarse a la filosofía. Una de ellas es entenderla desde arriba, con sus ideas esenciales: aquella que parte de lo necesario, del logos universal, de lo que es la realidad. Esta sería la visión platónica, algo parecido a la de los paisajistas del Turia, que tuvieron la inspiración, divina o no, al proyectar aquel maravilloso jardín.

La otra forma de acercarse a la filosofía es observar desde abajo, tratando de entender las cosas como son, de una manera empírica. El símil serían los artistas jardineros que cuidan para que no les falte nada a las plantas, que se preocupan por tratar sus enfermedades, que se dedican a entender el microcosmos de todos aquellos elementos individuales y, al mismo tiempo, unidos. Esa sería la visión del biólogo Aristóteles.

De pronto, me encontré con un objeto brillante en el camino de tierra, cerca de la vía por donde circulaban los ciclistas. Era una navaja. En aquel exacto instante percibí el mensaje que acababa de recibir: la navaja de Ockham. La idea se volvió clara en mi mente: debería cortar todo aquello que considerase superfluo.

Este filósofo inglés del siglo XIV fue uno de los pioneros en las ideas experimentales radicales. Para él, los conceptos e hipótesis basadas en ideas “desde arriba” deberían ser cortados con una navaja afilada. No hay que admitir nada que no sea lo que nos revela la experiencia. De ahí que se haya convertido en un clásico en cualquier metodología de investigación: rechazar cualquier idea que sea compleja o rebuscada. Las soluciones siempre son las más simples posibles. Mi amigo escritor tenía razón.

Cuando llegué a casa comenté con mi mujer lo sucedido. Entonces me dijo:

—Esta historia me recuerda a aquellos momentos en la empresa donde el caballo está muerto y todos hacen de todo para resucitarlo. No sirve de nada, el caballo está muerto. Lo mejor es recomenzar todo de nuevo.

Yo me quedé otra vez sumergido en mis pensamientos. Lo que acababa de decir no era lo mismo. Yo creía haber llegado a la fórmula para salvar mi libro y, al revés, aquel comentario me devolvía al punto de partida, parecía que debía renunciar a ello.

Entonces, ya que me hablaba desde un punto de vista corporativo —a veces los autores somos inseguros con lo que hacemos— y, aprovechando ejemplos de animales, le recordé otra metáfora muy parecida: la del elefante en la sala de reuniones. Todos en la empresa saben que el elefante está allí: es gigante, ocupa prácticamente todo el espacio, es imposible dejar de verlo o sentir su presencia, pero nadie quiere hablar de ello. En realidad, todos ignoran o fingen que aquel “problema” no existe.

Al comentarlo, me di cuenta de que, tal y como decía Ockham, lo que importaba era mi conocimiento como individuo, mi libertad de escoger. No se trataba del caballo muerto al que hay que renunciar ni del elefante gigante que no diriges la palabra, sino de algo mucho más simple. Comprendí que pensar demasiado no resuelve los problemas. Para ejecutivos o filósofos, la claridad llega cuando se actúa.

Volví a la página donde había dejado el libro y empecé de nuevo.