El vendedor estrella y el crack de fútbol

Un compañero de ventas muy aficionado me dijo una vez que, de todas las simplezas que puede haber en el mundo, la más seria es el fútbol. Estoy totalmente de acuerdo con él.

Esta Copa del Mundo de 2026 fue una experiencia inolvidable. Muchos, entre los que me incluyo, no despegamos la vista de la pantalla, sacrificando el día siguiente por una tontería de partido. Una tontería seria, eso sí, porque todos quieren que su país sea campeón.

La cuestión es que este mundial tenía algo más: parecía un enredo de película americana con los buenos contra los malos. En el terreno de juego, casi no hubo penaltis, a diferencia de las anteriores ediciones, y eso es una de las pruebas de que fue espectacular. Fuera de él, también hubo disputas y polémicas sobre lo que es correcto y ético, y sobre lo que está mal visto. Las redes sociales siguen ardiendo hasta hoy.

Todos sabemos que el técnico de un equipo de fútbol tiene mucha influencia sobre su equipo. Pero hay gente que exagera y cree que este técnico, con su visión desde fuera, sea un buen profesional o no, es el responsable de todo lo que pasa en el campo. Los jugadores simplemente siguen sus instrucciones como si fuesen marionetas, no tuviesen alma y no supiesen qué hacer. Está claro que el jugador debe simplemente jugar al fútbol, pues para eso está, es lo que sabe y debe hacer. El técnico, a veces, no es más que un facilitador.

¿Y cuándo el técnico es realmente el malo de la película?

Eso me recuerda una historia de vendedor. En las ventas ocurre exactamente lo mismo con el técnico del equipo y sus jugadores.

Mi cuñada que trabajó muchos años en la banca, nos contaba en una ocasión que su jefa lanzó como premio un televisor de tropecientas pulgadas (en aquel tiempo era un premio excelente) para aquel que vendiera más seguros a los clientes. Ella, que era una goleadora nata, cogió el listado antiguo del banco, al que nadie prestaba atención, y se puso a llamar a todos aquellos clientes. Fue un éxito rotundo: la televisión era suya. Hasta aquí es una historia como otra cualquiera. La vendedora marcó un golazo.

Ahí entra en acción el técnico del equipo. Como había sido tan fácil para ella, su jefa le propuso que la televisión fuese vendida en boletos de navidad entre el equipo y los clientes. El dinero recaudado sería repartido. En ese momento, ella nos dijo que se sintió mal, incluso agraviada, porque su jefa no cumplió con su palabra. Pero no se dejó abatir. De nuevo, vendió la mayoría de los boletos y, crean o no, fue la agraciada con el boleto de la televisión. Increíble.

Pero la historia no acabó aquí. El peso que cae sobre los villanos en las películas tiene un motivo, porque el guion se encarga de hacerlos malos de verdad. En este caso, sucedió una sórdida conversación en la que su jefa trató de convencerla de que, ya que había ganado el televisor, renunciara al reparto del dinero obtenido con la venta de los boletos. Ella se negó rotundamente. Años después, su antigua jefa se convirtió en amiga suya, pero ya no recuerda este incidente y mi cuñada jamás volvió a hablar con ella sobre ello.

El vendedor y el jugador son los más importantes en el campo, no cabe la menor duda. La función de técnicos y jefes no es marcar goles, sino crear las condiciones para que su equipo pueda marcarlos. Cuando un vendedor consigue un éxito, que su jefe se apropie de él o cambie las reglas de juego después del partido no fortalece al equipo: destruye la confianza y desmotiva a quien más aporta.

Un crack puede ganar prácticamente él solo algún partido difícil, pero sin un equipo sólido, unido y comprometido con el juego limpio, no se gana un Mundial.

¡Olé, España!